Tu mapa también guía mi camino

 

Uno de los momentos más importantes de mi aprendizaje hasta el punto de suponer una inflexión en mi vida fue tomar conciencia de que “El mapa no es el territorio”

Cada uno de nosotros, con los datos que nos llegan a partir de los sentidos, de la educación, de la cultura y de nuestras experiencias, elaboramos un mapa personal con el que nos movemos por la vida.

Tomamos por cierto este mapa subjetivo y nos apoyamos en él para planificar, para decidir, para evaluar, para alegrarnos, enfadarnos o entristecernos.

Pero la gran paradoja es que nuestro querido mapa personal nos permite controlar una ínfima parte de la realidad y si utilizamos sólo éste para guiarnos, recorreremos nuestro viaje existencial a menudo tuertos y en ocasiones hasta ciegos.

Lo que vivimos depende más de cómo elaboramos nuestro mapa mental qué del territorio “real” en sí mismo.

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La gran aliada para vencer la tozudez de nuestro subjetivo mapa mental, se llama empatía y se invoca, bien saliendo de nuestro castillo amurallado y explorando como se ve la vida desde la perspectiva del otro, bien abriendo las puertas de nuestro baluarte ayudando así a los demás a comprender nuestra posición.

Dejadme compartir con vosotros la historia de dos anónimos que ilustra cómo la empatía nos ayuda a tomar conciencia de las limitaciones de nuestro subjetivo mapa de la realidad:

Dos hombres y un mapa empático

Recibiría a Elvira sin ganas. Aquella reunión era un puro formalismo y ambos lo sabíamos. Mi misión era cerrar el círculo. Probablemente un círculo vicioso desde su perspectiva; un círculo viciado desde la mía. Sin embargo, no quedaba otro remedio que pasar por el trance indeseado. Su partida era inminente y su decisión irrevocable.

Aquella mañana, un par de horas antes de mi desagradable cita, entró en mi bandeja de entrada el imprevisible correo electrónico de un antiguo colaborador, “Gracias por tu tiempo” rezaba el asunto del mismo. ¿Gracias por mi tiempo?, me pregunté desconcertado y continúe leyendo:

Estimado Alfonso,

Hace algo más de diez años tuvimos ocasión de trabajar juntos y, aunque nuestra relación no era directa y apenas coincidíamos, guardo un cálido recuerdo de mi estancia en la organización gracias a la entrevista de salida.

Fuiste muy directo en tus preguntas, respetuoso con mis razones y algo seco en tus observaciones, de manera que mi ánimo se reflejaba en el tuyo, y yo también fui directo, respetuoso y seco en los primeros momentos.

Nada presagiaba que durante aquella conversación cambiaría tanto mi modo de sentir, pero así ocurrió. ¿Lo recuerdas?

Llevábamos cerca de media hora con tus averiguaciones y mis respuestas cuando, aconteció lo inesperado, comenzaste a llorar. Llorabas, y lo hacías desconsoladamente, sin mediar palabra, con la mirada perdida hasta que cubriste tu cara con las manos. Yo me quedé petrificado.

Tú seguías llorando.  Repasé cada instante de los minutos que precedieron a tu mar de lágrimas en busca de una pista que me revelara la razón del estrépito. Nada, no encontré nada. Pese al fracaso en mis pesquisas, sentí de algún modo que el camino se iluminaba y decidí continuar buceando en lo que sentía.

Liberaste tu cara de la sombra enganchando tu mirada en la mía para agradecer mi silencio y lentamente sacaste una fotografía amarillenta del bolsillo interior de tu chaqueta, -era mi abuelo-, dijiste mientras me acercabas aquel trocito de papel gastado por el tiempo. Tomé el retrato, asentí con la cabeza que entendía lo que me decías  y al tiempo que esbozaba una tímida sonrisa, comenté – te pareces a él.

Guardaste la fotografía, secaste tus ojos y tu nariz sin reparar en protocolos y ajustaste con mimo el nudo de tu corbata.

-Te agradezco el compromiso y entrega que has demostrado durante estos cinco años en la compañía- proclamaste tras un carraspeo inicial- pero, pero… -dubitativo dejaste caer un puño sobre la mesa y continuaste-  …es que te lo agradezco de corazón. Sé organizar, ordenar, gestionar, pero no agradecer.   Justo antes de que entraras me han dado la noticia del fallecimiento de mi abuelo, te he recibido entendiéndome capaz de postergar mi dolor, obvio que no ha sido así, y tú me has dado una lección que jamás podré olvidar. Con una gran generosidad me has descubierto lo sencillo y dichoso que resulta dar las gracias cuando se siente de verdad- y yo sentí que hablabas sinceramente.

Hasta aquí, es posible que recuerdes con detalle lo acontecido pero lo que seguramente ignoras es que yo aquel día entraba en tu despacho iracundo y vengativo, receloso hasta de tu respiración, y abandoné el despacho lleno de satisfacción por haberte sido leal, reconciliado con mi experiencia en la compañía y lo más importante, orgulloso de ti.

Yo también aprendí una gran lección, una que me ha acompañado hasta el día de hoy, en el que preparando el discurso de apertura de mi primera convención anual, como Director General, me he dado cuenta de que mi lista de agradecimientos debía empezar por ti.

La gran lección que aprendí de ti aquel día es que “nuestro mapa del mundo es solo una interpretación de la realidad, en ningún caso  la realidad misma y por lo tanto si deseamos comprender a los demás debemos aprender a leer el camino, también,  en otros mapas”.

Y eso es todo Alfonso, gracias por no haberme privado de aquella entrevista, esa que, erróneamente, creí de antemano inútil.

¡Gracias por tu tiempo!

Un abrazo,

José María

Llegó la hora. Recibí a Elvira con entusiasmo. Había pasado el resto de la mañana preparando mi reunión con ella, aún teníamos una posibilidad y al menos yo lo sabía. Mi misión era ampliar las caras del poliedro, aprender de su experiencia, entender las razones y brindar respuestas útiles, todo menos cerrar el círculo. Quizás podría conseguir postergar su decisión de marcharse de manera indefinida.

Mi queridísimo  José María,

Me siento profundamente agradecido por tu mensaje de esta mañana. Con él has conseguido que sacudiera de nuevo mis telarañas emocionales, y justo a tiempo de no perder a una de las mejores colaboradoras que tengo.

Por lo que me cuentas comprendo que el joven audaz y generoso de hace diez años se ha convertido en todo un ejemplo de liderazgo y  este abuelo de la gestión humildemente se atreve a proponerte vernos para que me pongas al día de tus logros y guíes mis pasos para aprender a compartir mapas que aumenten el territorio conocido.

Has abierto una puerta de mi castillo que jamás deberá cerrarse de nuevo.

Ah, se me olvidaba, ¡gracias por tu tiempo!

Un abrazo,

Alfonso

El viaje hacia la empatía fue el que, con suerte, realizaron los protagonistas de la historia que he compartido hoy con vosotros, Alfonso y José María. El mismo viaje que podemos realizar con destreza cada uno de nosotros si nos abrimos a la experiencia de aceptar que nuestro mapa de la realidad no es el territorio.

Esta travesía de apertura y experiencia será una parte importante de la jornada #DesafíoGeneracional  promovida por mYmO, que se celebrará el próximo 11 de mayo y en la que tengo el privilegio de participar cómo formadora con tres extraordinarios profesionales como lo son Eleonora Barone, Laura Echevarrieta y Juan Gadeo.

Sería genial contar contigo también. ¡Te espero!

Y recuerda, ¡Inspírate y crece!

Post original publicado en mYmO, memorý in motion between Yonung and Old 

 

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